Mi Cristina Rivera Garza

Reseña de libro. 

Rocío del Carmen López Medina

"La Castañeda: Narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930", México, Tusquets, Julio de 2010. 

A catorce años de la publicación de este texto, la temática no pierde vigencia, por el contrario. La urgencia de revisar los asuntos que atormetan la mente es latente. Los prismas de Cristina Rivera Garza para abordar la historia de la locura en una época, contexto determinado, son una herramienta de análisis interesante a revisar. 

Para las nuevas generaciones preocupadas y ocupadas en la salud mental esste texto presenta una radiografía completa de la Castañeda, el manicomio general de México. Este es un libro de Historia. Es más bien un cuerpo gozoso. Una experiencia vivida, configurada por distintos flancos. 

Por un lado, aparecen los estudios de antropología médica, los expedientes resultado de los primeros médicos enfocados a la naciente psiquiatría en México, por otro, los incipientes perfiles que forjaron la naciente criminología en el país redactados por abogados que no eran médicos, pero seguían las teorías de César Lombroso, el uso de la fotografía de inicio del siglo XX como herramienta científica para capturar hechos que se creían inmóviles: ¿cuál es la cara de un loco? ¿cuál es la cara de un criminal?

Estas vertientes narrativas puestas frente a la ideología dominante de poder y progreso de la sociedad porfirista con su deseo  de ser más francesa que el mismo París. Todo esto nos da como resultado un texto como cuerpo, un cuerpo que, en su estructura narrativa, reune  polisemias miltivocales, heteroglotas con las cuales se captura la fluida realidad de los padecimientos mentales.  

La autora toma la noción de Walter Benjamin e invita a contemplar el pasado con una mirada retrospectiva, en lugar de una mirada prospectiva y a prestar atención, además de hacer vívida de nuevo, a la destrucción como en realidad ha tenido lugar en cuerpo y espíritu. 

La Castañeda (foto de 1910)

 La Castañeda fue una enorme construcción hecha en 1910 por el ingeniero Porfirío Diaz hijo del presidente Porfirio Díaz como un símbolo del progreso de la época. Un edificio que reunió a las mejores mentes de la generación dedicadas al tratamiento de los padecimientos mentales. 

La idea era convertir ese espacio en un centro de investigación y de curación de las personas enfermas de locura. Pero resultó un centro para albergar a aquellas personas que no se ajustaban al canon porfiriano: ser blancas, adineradas y bien vestidas. No sólo lo moreno, sucio y pobre llenó las salas de la castañeda, sino en los expedientes se encuentran ciertos miembros de las clases medio-altas recluidas como acto punitivo por violentar las buenas costumbres de la época. 

El libro tiene una perspectiva de género, pues fueron mayoría mujeres internadas en este espacio por el pensamiento imperante en la época, la locura era dominante en este género. Mujeres que querían dejar al marido eran remitidas por éste, mujeres que habían sido infieles eran encerradas por el marido, mujeres que no obedecían a sus familias eran encerradas por éstas, mujeres que repudiaban el corset moral de la época, putas, dogradictas o "desviadas" eran encerrados. 
 
El libro está dividido en siete partes, en la primera: "El manicomio general la castañeda 1884-1930" se detallan las caracteristicas de construcción, diseño, distribución y sobre todo el fundamento teórico de la época para, a juzgar por la élite de los científicos, se tuviera un espacio que garantizara el progreso de la sociedad porfirista; en el segundo apartado: "una puerta de entrada: una rutina de salud mental" la autora nos lleva por los expedientes de algunos internos y sus declaraciones, establece en esta parte la simbiosis que se daba entre los conceptos psiquiátricos y las narrativas dolientes de las/los internas que ayudaron a fortalecer los conceptos sobre enfermedades, por ejemplo el diagnóstico de "locura moral" aplicado desde 1880 a 1930; en el apartado tres "la entrevista psiquiátrica: el zorro y el ganso" explica la ruta que tomaron las narrativas que ponían en un estadío superior al psiquiatra frente al paciente, era el hombre de levita y anteojos el que con una superioridad fundada en sus conocimientos "científicos" interrogaba a mujeres y niños y debía determinar su calidad de internos en el manicomio, sin embargo, los datos que la autora infiltra provienen del lenguaje poroso y ambiguo que impiden a un experto por más experto que sea a asentar de manera definitiva y única la condición de un paciente, por ejemplo, los diagnósticos eran mayoritariamente de mujeres, la epilepsia tenía un estigma particular que no se superó en la época porfirista, al contrario el número de pacientes remitidos en el manicomio era alto, el consumo de alcohol y de drogas estaba emparentado con una conducta criminal y muchas veces los pases al hospital general la casteñeda extralimitaban la busqueda del diagnóstico mental, para convertirse en un  centro punitivo social. 
El apartado cuatro "De mi narrativa nací, mi narrativa me sostiene: las autoras del sí" en este apartado se extraen algunos fragmentos de expedientes de internas como ejemplos de narraciones dementes (concepto acuñado por Arthur Kleinman) que refieren a un acuerdo implícito paciente y médico hablan de la demencia como una experiencia real. Se asocia a las mujeres mayoritariamente con la locura y las cifras de las internas en la época lo constatan. El apartado cinco "Tener cara de loco" es una exploración por la fotografía, por los profesionales dedicados a esta actividad a inicio del siglo XX y cómo en un inicio se pretendió usar la fotografía como medio de constatación de hechos para fundamentar, en este caso la medicina, pero en otro también la criminología, "tener la cara de loco" ajustar desde quien observa las características medibles del rostro muy a lo lombroso a las personas delincuentes, sin embargo en este tejido la autora va argumentando cómo la fotografía podía ser trastocada, incluso por los mismo criminales quienes al ser fotografíados aparecían con lentes o bigotes que no usaban y por lo tanto la fotogradía dejaba de ser una prueba plena, una evidencia firme de algo, para ser una ficción. 
En "El dolor de volverse moderno: sufrimiento y redención en las historias médicas de la Castañada", la autora toma una única historia, a manera de fractal, es dicir como una unidad asimétrica que permite mostrar "trozos de una vida, más que pedazos de información, pedazos de interpretación. Pedazos de una vida vivida." La historia es la de Marino García de Polotitlán México, nacido en 1857. Quien fue ingresado a la castañeda en 1919, y hasta 1931 se hace una investigación porque el paciente García tenía en su habitación instrumentos de acero que ponían en riesgo a él y a los pacientes, para 1941 regresa llevado por un policía, pero él en ambas ocasiones siempre declara que NO ESTÁ LOCO. Ante la relatoría que brinda de su vida, el diagnóstico es psicosis paranoide. Cristina Rivera Garza dice que este expediente la eligió a ella y no al revés, dice que después de revisar muchos expedientes pensaba y pensaba en esta historia. Esta historia le permite dejar de manifiesto la frase acuñada por Kathy Acker (narrativista experimental de San Francisco) "el escritor juega, cuando estructura la narración o cuando la narración se estructura a sí misma, con la vida y con la muerte".
La autora dice "estoy convencida de que, sino podemos encontrar la versión única y auténtica de esta vida es porque dicha versión original no existe. Lo que existe es este paradógico material que, en su misma disposición paradójica, se resiste a la narrativización lineal". Ya en el último apartado "(Con)jurar el cuerpo: historiar ficcionar" es una declaración de principios sobre la labor historiográfica, los modos de hacer y prometer en textos académicos, por ejemplo el hecho de prometer que los textos académicos de las/los historiadores se escuchan las "voces del pasado", la autora dice que eso no es posible, que más bien es através del (con)juro, jurar con otro, dice la autora "Jurar puede significar muchas cosas, pero también quiere decir prometer. Me gustaría creer que el verbo con-jurar también es una manera de designar esa acción a través de la cual es posible prometer con-otro aunque también es una forma, acaso paradójica de exorcizar, evitar un daño, rogar mucho, conspirar". El texto como un cuerpo, como un acuerpar una idea, un proceso, una forma de construcción de un imaginario, en este caso el de la locura de principios del S. XX. 


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